Una trama digna de episodio de serie de The CW. Muertes creativas y dignas de rompecabezas. Más de un diálogo sin sentido. La nueva entrega de la saga de Final Destination lo tiene todo, y nada menos de lo que prometió con tan solo ver el póster y conocer la saga. Es exactamente lo que uno espera de una entrega moderna de Destino Final: exceso, muerte y diversión culpable.
En Final Destination: Bloodlines (o Destino Final: Lazos de Sangre), la estudiante universitaria Stefanie (Kaitlyn Santa Juana) vive una violenta pesadilla cada noche, lo cual ha comenzado a afectar su vida personal y académica. Desesperada, regresa a su hogar para encontrar a la única persona que podría ayudarla a romper el ciclo y evitar la espeluznante maldición de muerte que se cierne sobre su familia.
Sin demasiado embrollo y con una secuencia inicial digna de lo más extremo de la saga, la sexta entrega de Destino Final cumple con lo que ofrece en un inicio: trama digna de novela, mantiene al espectador al filo del asiento adivinando las gráficas circunstancias de la siguiente muerte en pantalla, y mucho estilo sobre sustancia. Y funciona.
Un guión que no es, ni pretende ser, una obra maestra del horror. Una historia que flota en lo apenas necesario para lograr comprender a los personajes, pero que, dentro de todo ello, entrega un entretenido (y muy gráfico) rompecabezas de muertes inevitables. Un regreso creativo para una saga que no pintaba con mucho futuro.