“Final Destination: Bloodlines” (2025)

Una trama digna de episodio de serie de The CW. Muertes creativas y dignas de rompecabezas. Más de un diálogo sin sentido. La nueva entrega de la saga de Final Destination lo tiene todo, y nada menos de lo que prometió con tan solo ver el póster y conocer la saga. Es exactamente lo que uno espera de una entrega moderna de Destino Final: exceso, muerte y diversión culpable.

En Final Destination: Bloodlines (o Destino Final: Lazos de Sangre), la estudiante universitaria Stefanie (Kaitlyn Santa Juana) vive una violenta pesadilla cada noche, lo cual ha comenzado a afectar su vida personal y académica. Desesperada, regresa a su hogar para encontrar a la única persona que podría ayudarla a romper el ciclo y evitar la espeluznante maldición de muerte que se cierne sobre su familia.

Sin demasiado embrollo y con una secuencia inicial digna de lo más extremo de la saga, la sexta entrega de Destino Final cumple con lo que ofrece en un inicio: trama digna de novela, mantiene al espectador al filo del asiento adivinando las gráficas circunstancias de la siguiente muerte en pantalla, y mucho estilo sobre sustancia. Y funciona.

Un guión que no es, ni pretende ser, una obra maestra del horror. Una historia que flota en lo apenas necesario para lograr comprender a los personajes, pero que, dentro de todo ello, entrega un entretenido (y muy gráfico) rompecabezas de muertes inevitables. Un regreso creativo para una saga que no pintaba con mucho futuro.

“Thunderbolts” (2025)

Desde el año pasado, con su presentación en San Diego Comic-Con, el MCU mostró su determinación por corregir su rumbo hacia el final de la Saga del Multiverso, el segundo capítulo dentro de su universo cinematográfico. Si hubiera una palabra para describir los proyectos que han llegado desde Avengers: Endgame, sería desigual. Con proyectos de gran recepción y excelente storytelling, como Guardians of the Galaxy Vol. 3 o Agatha All Along, y genuinos desastres como Ant-Man and the Wasp: Quantumania, el MCU ha batallado para volver a encontrar su estribo. ¿A qué se le puede atribuir? No hay una sola respuesta, pero algunas de las razones pueden ser la abundancia de proyectos tanto en cines como en Disney Plus, la pérdida de una visión cohesiva, y una que no se ha discutido lo suficiente: el cambio generacional.

Thunderbolts es una de las primeras cintas de este universo que abrazan los triunfos de los Vengadores como algo de antaño, algo de “otra generación”, y algo que quizá nunca vuelva a repetirse con la misma magnitud, y busca que eso repercuta en la historia. En ello es donde Thunderbolts logra despegarse de varias de las películas que le han antecedido: precisamente en reconocerse como algo distinto y un firme paso hacia adelante. Al decidir incluir temáticas no tan exploradas en el género, como la salud mental y la depresión, la cinta logra presentar una mirada diferente a la figura del héroe.

Thunderbolts presenta a un grupo de supervillanos poco convencional que es reclutado para hacer misiones para el gobierno: Yelena Belova (Florence Pugh), Bucky Barnes (Sebastian Stan), Red Guardian (David Harbour), Ghost (Hannah John-Kamen), Taskmaster (Olga Kurylenko) y John Walker (Wyatt Russell). Después de verse atrapados en una trampa mortal urdida por Valentina Allegra de Fontaine (Julia Louis-Dreyfus), estos marginados deben embarcarse en una peligrosa misión que los obligará a enfrentarse a los recovecos más oscuros de su pasado. Florence Pugh es el alma y motor de la historia, y es Yelena quien atraviesa el mayor desarrollo de personaje en la película.

Lo mejor de la cinta radica en la dinámica que existe entre su roto grupo de personajes, quienes en su mayoría reciben un mejor trato que en proyectos anteriores. Es este grupo de antihéroes el que, por medio de un gran trabajo de diálogo, logra impulsar la historia hacia adelante, en medio de un caos sumamente disfrutable y entretenido. Tal vez Thunderbolts no revolucione el género del cine de superhéroes, e incluso cargue con algunos de los vicios naturales del mismo, pero no se excede en tratar de emular el pasado.

Si buscas una nueva mirada al universo de Marvel con un grupo de misfits, es la película para ti. Ah, y quédate para ambas escenas postcréditos.

“The Accountant 2” (2025)

Nueve años tras su película original, Ben Affleck regresa como Christian Wolff en la secuela de ‘El Contador’. Igualmente, el director Gavin O’Connor vuelve con una película que logra destacar por encima de su predecesora por medio de una clara mejora técnica y, por encima de todo, la dinámica entre sus personajes principales.

Lo mejor de la película radica en la gran química en pantalla que presentan sus protagonistas: Affleck y la incorporación de Jon Bernthal como su hermano mayor. En su guión, la cinta busca partir desde su fracturada y polarizante relación, y es justo eso lo que va empujando la historia hacia adelante, más que su guion o ‘beats’ de historia. Son sus interacciones, diálogos y escenas de acción en conjunto las que logran elevar un guion de película de acción que podría parecer metódicamente estructurado. Es aquí en donde las dos principales fortalezas de la película se combinan: el ‘banter’ que existe entre los protagonistas y escenas de acción bien realizadas, con un alto valor de producción y lo más importante: amigables hacía el ojo del espectador, no dejando influenciarse por la tendencia actual de perderse entre balas, explosiones y olvidar la continuidad completamente.

En cuanto a sus deficiencias, la cinta sí tiene algunas problemáticas en cuanto a llevar su historia de punto A a punto B se trata, con más de una explicación pobre o súbito cambio en cuanto a las motivaciones de los personajes. Por momentos, la calidad narrativa no logra empatar a la calidad visual que existe en pantalla, y termina por llegar a restar.

Tal vez ‘El Contador 2’ no sea la película de acción más vertiginosa de los últimos años, y efectivamente su historia llega a fluctuar conforme se desarrolla su segundo acto, pero la dinámica que existe entre Affleck y Bernthal es suficiente para lograr elevar la cinta e, inclusive, especular sobre un futuro de la franquicia con una tercera entrega no tan lejana.

“Snow White” (2025)

Más de 87 años después de la llegada de la cinta animada de Disney, ‘Blancanieves’ llega a la inevitable versión live action del clásico. Como gran reflejo de los discursos en línea contemporáneos, llega con polémica por sus protagonistas y con resistencia de ciertos grupos a ver a una latina interpretar al personaje titular.

Primero lo primero: Rachel Zegler es la única que evita que la cinta sea un completo desastre. En medio de una adaptación pobre, de un diseño de producción mediocre y de un triste intento de extender la historia de la cinta original, es ella quien luce como la única capaz de brindar una buena actuación y de prestar su increíble voz a las canciones. El resto, ni qué decir: una Gal Gadot totalmente fuera de personaje y un elenco que no aporta en lo absoluto a la historia. Los discursos de una reinvención de personaje quedaron en la exageración, y la cinta se dedica a ser frívola al ofrecer una nueva perspectiva a la historia y simplemente nunca lo hace.

‘Blancanieves’ no es la peor adaptación live action de Disney a la fecha, pero tampoco es la mejor, quedando en ese justo medio; en lo seguro, en lo familiar y en el cuestionamiento de qué pudo ser.

“Novocaine” (2025)

Con justa razón, Jack Quaid se ha convertido en uno de los actores preferidos de Hollywood. Tras su actuación revelación en The Boys, ahora llega con Novocaine, una cinta que nos presenta a Nathan, un hombre con una condición que le impide percibir el dolor físico.

Situada en San Diego, la película es una altísima dosis de adrenalina y entretenimiento puro. Una historia que, entre líneas, podría parecer burda o “simplona”, pero que en realidad es un gran ejercicio creativo. Un guion bien estructurado, incluso metódico, que aprovecha al máximo la locura de su premisa y no escatima en presentar un sinfín de escenarios ante la pregunta: ¿Qué pasaría si…?

Un aspecto más a su favor: es divertida. Muy divertida. Llena de adrenalina, sí, predecible, pero eso no le resta mérito a su resultado final. La película no pretende revolucionar el cine de acción en su ejecución, sino más bien en el cambio que presenta su escenario: la falta de dolor. Con esto, los directores Dan Berk y Robert Olsen aprovechan al máximo su patio de recreo narrativo y visual.

Claramente, una de las mayores sorpresas hasta ahora, con un Jack Quaid en su elemento y un sinfín de escenas de acción muy bien ejecutadas, cada una más impresionante y creativa que la anterior.